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Alicia en el país de las maravillas: preguntas para vencer al tiempo

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La nueva puesta de Alicia en el país de las maravillas, dirigida por Julio Bocca en el Teatro Colón, recupera el poder de la curiosidad y demuestra por qué la obra de Lewis Carroll todavía interpela al público.

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Alicia en el país de las maravillas conserva su vigencia porque no depende de una época ni de una tecnología escénica determinada: se sostiene en la curiosidad, el asombro y la capacidad de formular preguntas incómodas. La puesta dirigida por Julio Bocca en el Teatro Colón lleva esa idea al escenario con una producción de gran despliegue, pero también propone una lectura íntima sobre aquello que los adultos suelen abandonar cuando dejan de seguir al Conejo Blanco.

Alicia en el país de las maravillas vuelve a demostrar que algunas historias no envejecen porque no ofrecen respuestas cerradas. La obra de Lewis Carroll, publicada en el siglo XIX, sigue encontrando nuevas formas de dialogar con el presente y ahora lo hace a través de una puesta de ballet dirigida por Julio Bocca en el Teatro Colón. El espectáculo transforma la caída de Alicia por la madriguera en una experiencia visual, musical y coreográfica que recupera una pregunta esencial: ¿qué puede haber más allá de lo conocido?

La propuesta no se limita a trasladar al escenario los episodios más reconocibles del libro. Su apuesta consiste en reconstruir el clima mental de Alicia, una niña que abandona por un momento el camino previsto para seguir algo que despierta su atención. En esa decisión aparentemente simple aparece el núcleo de una obra que continúa vigente: la curiosidad como fuerza capaz de modificar la percepción del mundo.

La curiosidad que mantiene viva a Alicia en el país de las maravillas

La protagonista no entra en la madriguera porque tenga un objetivo claro ni porque conozca el destino de su recorrido. Se mueve porque algo le resulta extraño. Un conejo vestido, apurado y capaz de hablar alcanza para interrumpir una tarde común. Desde allí, la lógica cotidiana deja de funcionar y cada escena obliga a revisar las reglas que parecían firmes.

Ese mecanismo explica buena parte de la permanencia de Alicia en el país de las maravillas. La historia no depende únicamente de sus personajes fantásticos, sus cambios de tamaño o sus situaciones absurdas. Lo que permanece es una forma de mirar: la disposición a detenerse ante lo insólito, aceptar la duda y avanzar aunque no exista un mapa confiable.

La adaptación dirigida por Bocca toma esa característica como punto de partida. Más que presentar una sucesión de aventuras, busca recuperar el estado de asombro que permite que el público acepte, durante dos horas, que un gato pueda aparecer desarmado, que una reina gobierne mediante amenazas desproporcionadas y que una protagonista cambie de dimensión sin abandonar su identidad.

Un escenario que funciona como una madriguera en movimiento

El despliegue de la producción tiene un papel central en la construcción de ese universo. Según la información difundida sobre el espectáculo, participan 60 personas en escena y otras 60 en tareas detrás del escenario. La dimensión del equipo permite sostener cambios permanentes de escenografía, vestuario, iluminación y proyecciones sin quebrar el ritmo de la narración.

La madriguera no aparece solamente como un lugar físico. Se convierte en una transformación continua del espacio teatral. Alicia cae, crece, se achica y atraviesa situaciones que parecen obedecer a la velocidad de un sueño. Las escenografías móviles colaboran con esa sensación porque ningún ambiente permanece completamente estable: aquello que parecía una habitación puede convertirse en un pasaje, una sala de juegos o un territorio gobernado por reglas imprevisibles.

El vestuario también cumple una función narrativa. Los cambios rápidos acompañan las mutaciones de los personajes y permiten que el escenario conserve su dinamismo. En una obra donde la identidad está en permanente movimiento, la ropa, los objetos y las formas corporales ayudan a mostrar que el mundo de Alicia nunca termina de fijarse.

El Gato de Cheshire y el Sombrerero como desafíos visuales

Entre las imágenes más llamativas se encuentra la aparición del Gato de Cheshire, construida con un guiño a los recursos del teatro negro. El personaje puede presentarse fragmentado, desaparecer y volver a organizarse delante del público. Esa descomposición visual traduce al lenguaje escénico una de las características más inquietantes del relato: la posibilidad de que una presencia exista aun cuando su cuerpo no esté completo.

El Sombrerero loco, por su parte, incorpora una ruptura con las convenciones del ballet clásico al quitarse las zapatillas de media punta y ejecutar un solo de tap. El recurso no funciona como un adorno aislado. Expone el carácter híbrido del personaje y amplía el registro del espectáculo, que puede pasar de la precisión académica a una energía más terrenal y rítmica.

La combinación de ballet, tap, proyecciones y teatro físico evita que la puesta quede encerrada en una única tradición. El resultado es un espectáculo capaz de atraer a espectadores familiarizados con la danza y también a quienes llegan al Teatro Colón por la fuerza reconocible del cuento.

Del libro de Lewis Carroll a una plaza de Buenos Aires

La vigencia de la historia se vuelve especialmente evidente cuando Alicia abandona la Inglaterra victoriana y aparece en una plaza cualquiera de Buenos Aires. Lleva auriculares, un teléfono celular y un libro bajo el brazo. La imagen desplaza al personaje de su escenario original sin quitarle su identidad esencial.

Ese traslado temporal muestra que Alicia no pertenece exclusivamente al siglo XIX. Puede caminar entre edificios históricos, atravesar un escenario teatral o confundirse con una adolescente contemporánea porque su conflicto no es tecnológico ni geográfico. Su impulso consiste en mirar lo que otros pasan por alto y preguntarse qué puede ocurrir si se abandona, aunque sea por unos minutos, la ruta habitual.

La escena porteña también permite que el público local reconozca la obra desde un lugar cercano. No hace falta modificar por completo el relato para actualizarlo. Basta con introducir elementos del presente y mostrar que la extrañeza de Alicia todavía puede aparecer en una ciudad conocida, entre personas apuradas y rutinas repetidas.

La fotografía que alguien le toma en esa plaza condensa una idea importante: los personajes clásicos no sobreviven porque permanezcan congelados, sino porque pueden ser vistos nuevamente desde diferentes épocas. Cada generación encuentra en ellos una inquietud propia y los vuelve a poner en circulación.

Por qué los adultos dejan de seguir al Conejo Blanco

La obra también interpela al público adulto. Durante la infancia, muchas preguntas parecen posibles. Un conejo que habla puede ser una invitación a investigar; una reina que ordena castigos absurdos puede provocar desconcierto; una puerta pequeña puede convertirse en el comienzo de una aventura. Con el paso del tiempo, la vida cotidiana suele premiar la previsibilidad y presentar la curiosidad como una distracción.

Dejar de seguir al Conejo Blanco no significa necesariamente encontrar una respuesta. En muchos casos implica aceptar que hay caminos autorizados y otros que se consideran inútiles. La escuela, el trabajo, las obligaciones familiares y la presión por aprovechar cada minuto pueden reducir el espacio disponible para la duda. La puesta recupera ese contraste sin convertirlo en un discurso nostálgico: recuerda que la imaginación no desaparece, aunque quede temporalmente relegada.

La pregunta de Alicia mantiene su fuerza porque no está reservada a los niños. También pertenece al científico que cambia una hipótesis, al artista que prueba una técnica inesperada, al periodista que decide investigar un dato y a cualquier persona que interrumpe una rutina para entender algo mejor. Las transformaciones relevantes suelen comenzar con una desviación pequeña y no con una certeza definitiva.

El pacto de creer que sostiene cada función

El teatro exige un acuerdo entre quienes actúan y quienes observan. El público sabe que Alicia no cambia físicamente de tamaño y que un conejo vestido no puede conversar. Sin embargo, durante la función acepta suspender esas certezas para entrar en el código de la obra.

Ese pacto no consiste en engañar al espectador. Se trata de aceptar que la escena puede organizar una realidad distinta durante un tiempo limitado. La escenografía, la música, los cuerpos y la iluminación construyen las condiciones para que lo imposible resulte creíble. Cuando ese acuerdo funciona, el público no necesita que cada elemento sea realista: alcanza con que sea coherente con la lógica del sueño que la puesta propone.

El Teatro Colón ofrece un marco particularmente significativo para esa experiencia. Su tradición está asociada a la excelencia técnica y al repertorio clásico, pero una obra como Alicia permite que ese patrimonio dialogue con lenguajes más abiertos. El ballet puede conservar su exigencia formal y, al mismo tiempo, incorporar humor físico, tap, efectos visuales y recursos cercanos al teatro de fantasía.

Una adaptación pensada para públicos de distintas edades

La obra tiene una puerta de entrada para espectadores muy diferentes. Los chicos pueden seguir las transformaciones, los personajes extravagantes y el ritmo de las escenas. Los adultos, en cambio, pueden reconocer la dimensión filosófica del relato y preguntarse qué lugar ocupa actualmente la capacidad de asombro.

Esta doble lectura es uno de los motivos por los que Alicia en el país de las maravillas continúa siendo una referencia cultural. No obliga a elegir entre entretenimiento y reflexión. Las imágenes espectaculares atraen la mirada, mientras que la estructura de preguntas deja una inquietud que puede permanecer después de la función.

Para las familias, la experiencia también funciona como una oportunidad de conversación. La obra permite discutir qué significa crecer, por qué las reglas pueden resultar absurdas, cómo cambia la identidad y qué ocurre cuando una persona se anima a explorar un lugar desconocido. No hace falta explicar cada símbolo para que el espectáculo produzca ese efecto: la potencia está en dejar espacio para distintas interpretaciones.

Alicia en el país de las maravillas y la visibilidad cultural del Teatro Colón

La puesta también tiene implicancias para la circulación de la cultura en la Ciudad de Buenos Aires. Un título conocido puede acercar al Teatro Colón a personas que no suelen asistir a funciones de ballet, mientras que la presencia de un director reconocido como Julio Bocca puede despertar interés en públicos vinculados con la danza y en espectadores ocasionales.

Para las instituciones culturales, combinar repertorio, innovación escénica y relatos populares permite ampliar la conversación alrededor de una función. La visibilidad no depende únicamente de la cantidad de recursos utilizados, sino de la capacidad de conectar una obra con preocupaciones actuales. En este caso, la curiosidad, la infancia y la dificultad de conservar una mirada abierta ofrecen temas accesibles para distintos públicos.

La comunicación de estos espectáculos también se beneficia cuando explica la experiencia concreta: quién participa, cómo se resuelven las transformaciones, qué lenguajes artísticos se combinan y qué diferencia a la puesta de una versión convencional. Esa información ayuda a que el lector decida si la propuesta es adecuada para una salida familiar, una actividad educativa o una aproximación personal al ballet.

La referencia original sobre la obra puede consultarse en la nota publicada por Clarín, que destaca el vínculo entre la puesta y la capacidad de seguir haciendo preguntas.

Cuando Alicia se pierde entre la gente al terminar la función, no parece que la historia haya concluido por completo. El personaje vuelve a una ciudad reconocible, pero conserva la posibilidad de mirar de otro modo aquello que la rodea. Esa es la razón por la que una obra escrita hace más de un siglo puede seguir hablando al presente: no promete eternidad, sino preguntas capaces de atravesar el tiempo.

FAQ

Preguntas frecuentes

¿De qué trata la nueva puesta de Alicia en el país de las maravillas?

La puesta dirigida por Julio Bocca lleva al ballet la historia de Alicia, su caída por la madriguera y el encuentro con personajes como el Gato de Cheshire y el Sombrerero loco. Además de recrear el universo fantástico de Lewis Carroll, el espectáculo reflexiona sobre la curiosidad y la capacidad de asombro.

¿Qué recursos escénicos utiliza el espectáculo?

La producción combina ballet, tap, proyecciones, escenografías móviles y cambios rápidos de vestuario. El despliegue permite representar los cambios de tamaño de Alicia y las apariciones de personajes fantásticos. El Gato de Cheshire incorpora recursos vinculados con el teatro negro, mientras que el Sombrerero suma una intervención de tap.

¿Por qué Alicia en el país de las maravillas sigue vigente?

La obra continúa vigente porque no depende solamente de su ambientación victoriana. Su centro es la curiosidad de una niña que se anima a seguir una pregunta y cuestionar reglas absurdas. Esa actitud puede reconocerse en cualquier época, por eso Alicia puede trasladarse a una plaza de Buenos Aires sin perder su identidad.

¿La propuesta es adecuada para una salida familiar?

Por la popularidad del relato, sus personajes y el despliegue visual, la obra puede resultar atractiva para públicos de distintas edades. Los chicos pueden disfrutar las transformaciones y el humor escénico, mientras que los adultos encuentran una lectura sobre el crecimiento, la imaginación y la pérdida de la curiosidad.

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