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Semaglutida: ¿puede reducir el deseo de beber, fumar o apostar?

9 min de lectura

La semaglutida, utilizada para tratar la diabetes tipo 2 y favorecer el descenso de peso, es estudiada por un posible efecto sobre conductas compulsivas. La evidencia inicial es alentadora, pero no permite considerarla un tratamiento para la depresión, la ansiedad ni las adicciones.

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La semaglutida podría reducir el deseo compulsivo de beber alcohol, fumar o apostar, además de disminuir el apetito y ayudar al descenso de peso. Estudios recientes observaron una asociación entre el uso de este medicamento y una menor probabilidad de agravamiento de algunos problemas psiquiátricos y del consumo de sustancias, aunque los especialistas advierten que todavía no puede presentarse como una terapia aprobada para las adicciones.

La semaglutida fue desarrollada y aprobada inicialmente para el tratamiento de la diabetes tipo 2. Más tarde, su utilización se extendió al control del peso en personas que cumplen determinados criterios médicos. El fármaco actúa sobre una hormona vinculada con la sensación de saciedad, pero distintas investigaciones comenzaron a explorar si su influencia también alcanza circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, la motivación y los impulsos repetitivos.

Ese posible efecto abrió una línea de investigación de particular interés para la salud pública. El consumo problemático de alcohol, la dependencia de la nicotina y el juego compulsivo comparten, aunque no sean idénticos, ciertos mecanismos relacionados con la búsqueda de una recompensa inmediata. La hipótesis en estudio plantea que la semaglutida podría disminuir la intensidad del impulso, sin eliminar por sí sola las causas emocionales, sociales o psicológicas que sostienen esas conductas.

Semaglutida y deseo compulsivo: qué observaron los estudios

Un trabajo publicado en marzo en la revista JAMA Psychiatry, encabezado por investigadores de las universidades australianas Griffith y Monash, analizó la relación entre el uso de medicamentos de esta familia y la evolución de determinados cuadros de salud mental y consumo de sustancias. Según los resultados difundidos, las personas que recibían semaglutida presentaron un 44% menos de riesgo de empeoramiento de la depresión, un 38% menos en el caso de la ansiedad y un 47% menos de agravamiento relacionado con el consumo de sustancias, en comparación con períodos en los que esas mismas personas no recibían el fármaco.

En conjunto, el riesgo de complicaciones psiquiátricas graves fue 42% menor durante el tratamiento. Estos porcentajes llamaron la atención de los investigadores porque sugieren una asociación amplia, que no se limita al control de la glucosa o del peso corporal. Sin embargo, una asociación estadística no demuestra por sí sola que la semaglutida sea la causa directa de todos esos cambios.

Los resultados deben interpretarse con prudencia. Los estudios observacionales pueden estar influidos por diferencias entre quienes reciben un medicamento y quienes no lo reciben, por el seguimiento médico, por cambios en el estilo de vida o por otras terapias simultáneas. También es posible que las personas tratadas tengan un contacto más frecuente con profesionales de la salud, lo que facilita la detección y el abordaje de problemas relacionados con el consumo.

El papel del GLP-1 en el apetito y los circuitos de recompensa

Para comprender el posible vínculo entre semaglutida y conductas compulsivas, es necesario revisar cómo funciona el GLP-1. Se trata de una hormona que el intestino libera después de comer. Su función incluye enviar señales al cerebro para indicar que el organismo recibió alimento y que la ingesta puede detenerse. La semaglutida imita la acción de esa hormona y prolonga su efecto.

La particularidad es que los receptores relacionados con el GLP-1 no están únicamente en zonas cerebrales vinculadas con el hambre. También aparecen en regiones que participan en la motivación, la recompensa y la valoración de estímulos placenteros. Esos circuitos intervienen en experiencias muy diferentes, desde comer determinados alimentos hasta consumir alcohol, fumar un cigarrillo o realizar una apuesta.

La hipótesis científica sostiene que, al modificar la respuesta de esos circuitos, el medicamento podría atenuar la sensación de urgencia asociada con el quiero más. En términos sencillos, no necesariamente elimina el interés por una conducta, pero podría reducir su intensidad o hacer que resulte más fácil postergarla. Esa diferencia es relevante porque el impulso y la decisión consciente no son exactamente lo mismo.

Una hipótesis que comenzó en modelos animales

Antes de trasladarse con mayor fuerza a la investigación clínica, esta posibilidad fue observada en modelos animales. En monos vervet de la isla de Saint Kitts, conocidos por acercarse a los turistas para obtener bebidas alcohólicas, los ejemplares tratados con fármacos de esta familia consumieron menos alcohol que los que no recibieron la intervención, aun cuando tenían acceso a la bebida.

Ese tipo de experimento no permite anticipar automáticamente qué ocurrirá en seres humanos. Las conductas animales no reproducen toda la complejidad de una adicción, que en las personas está atravesada por la historia personal, el entorno, la salud mental, los vínculos y las condiciones económicas. No obstante, los resultados sirvieron para reforzar la hipótesis de que el GLP-1 podría intervenir en mecanismos de recompensa más amplios que el apetito.

Qué mostró el ensayo sobre consumo intenso de alcohol

En 2025, un ensayo clínico en seres humanos informó resultados compatibles con esa línea de investigación. Personas con consumo intenso de alcohol que recibieron semaglutida redujeron tanto el deseo de beber como la cantidad consumida. El dato es relevante porque distingue dos dimensiones que no siempre avanzan juntas: la urgencia subjetiva por consumir y la conducta concreta de beber.

Una persona puede sentir menos ansiedad por tomar alcohol y, aun así, mantener hábitos sociales o rutinas que favorecen el consumo. También puede ocurrir lo contrario: que beba menos por decisión externa, pero conserve un deseo intenso y difícil de controlar. Por eso, los futuros estudios deberán evaluar durante períodos prolongados si los cambios se sostienen, si disminuyen las recaídas y qué ocurre cuando se interrumpe el tratamiento.

La investigación también deberá determinar qué dosis son adecuadas, qué perfiles de pacientes podrían beneficiarse y cuáles son los riesgos para personas con antecedentes psiquiátricos o con múltiples medicamentos. No todos los resultados observados en personas con obesidad o diabetes pueden trasladarse directamente a quienes buscan tratar una conducta adictiva.

Por qué no debe confundirse con un antidepresivo

Los resultados disponibles no permiten afirmar que la semaglutida sea un antidepresivo ni un ansiolítico. Los estudios sobre sus efectos directos en el estado de ánimo son heterogéneos y no muestran una mejora uniforme que pueda atribuirse exclusivamente a una acción psiquiátrica del fármaco.

En algunos casos, una persona puede sentirse mejor después de bajar de peso, dormir con mayor comodidad, mejorar ciertos indicadores metabólicos o recuperar una sensación de control sobre hábitos que le generaban angustia. Esas transformaciones pueden favorecer el bienestar, pero no equivalen a tratar la depresión o la ansiedad de base.

La distinción resulta fundamental para evitar expectativas equivocadas. Una reducción del impulso compulsivo no resuelve necesariamente la tristeza persistente, los ataques de pánico, el aislamiento, los conflictos familiares ni las experiencias traumáticas. Si esos factores continúan presentes, la persona puede seguir necesitando psicoterapia, medicación específica u otras intervenciones indicadas por profesionales.

El riesgo de silenciar el síntoma sin atender el malestar

Las conductas compulsivas no siempre se explican por un apetito desregulado o por una alteración biológica aislada. En muchas personas, beber, fumar, apostar o comer de manera impulsiva funciona como una forma de atravesar el aburrimiento, la soledad, la angustia o una sensación persistente de vacío. La conducta produce un alivio breve, aunque después genere consecuencias negativas.

Si un medicamento reduce la intensidad del impulso, puede abrir un espacio para tomar decisiones diferentes. Pero ese espacio no garantiza que desaparezca el malestar que originó o reforzó la conducta. Cuando el síntoma pierde fuerza, la angustia puede quedar más visible o buscar otra vía de expresión. En algunos casos, incluso puede producirse un reemplazo: disminuir una conducta y aumentar otra.

Por esa razón, cualquier uso de semaglutida relacionado con el consumo problemático debería integrarse en un abordaje amplio. El seguimiento puede incluir evaluación psiquiátrica, psicoterapia, controles clínicos, acompañamiento familiar y estrategias específicas para prevenir recaídas. El medicamento, si un profesional lo considera apropiado, sería una herramienta dentro de un plan y no una solución independiente.

Qué significa para pacientes, médicos y empresas de salud

Para los pacientes, la principal implicancia es que no deberían iniciar, suspender ni modificar el tratamiento por cuenta propia con el objetivo de dejar de beber, fumar o apostar. La semaglutida puede producir efectos adversos y tiene indicaciones, contraindicaciones e interacciones que deben ser evaluadas individualmente. Además, no todas las presentaciones comerciales ni todos los esquemas de administración responden a los mismos objetivos terapéuticos.

Para los profesionales, la posible relación con las conductas compulsivas plantea la necesidad de preguntar de manera sistemática por el consumo de alcohol, tabaco, apuestas y otros comportamientos durante los controles. Una persona puede consultar por el peso o la diabetes y no mencionar un problema de consumo por vergüenza o temor a ser juzgada. Un interrogatorio cuidadoso puede ayudar a detectar señales tempranas y derivar a especialistas.

En el sector sanitario, esta línea de investigación también puede modificar la forma de diseñar ensayos clínicos. Será necesario medir no solo el descenso de peso o la glucemia, sino también el deseo compulsivo, la frecuencia de consumo, la calidad de vida, el estado de ánimo y la permanencia de los resultados. Para los sistemas de salud, cualquier incorporación futura debería basarse en evidencia sólida y considerar el acceso equitativo, el costo y el seguimiento prolongado.

La semaglutida todavía no reemplaza el tratamiento de las adicciones

La evidencia disponible es prometedora, pero todavía no alcanza para presentar la semaglutida como tratamiento general de las adicciones. El alcohol, la nicotina y el juego problemático tienen características clínicas diferentes y requieren abordajes específicos. Incluso dentro de un mismo diagnóstico, las causas y los riesgos pueden variar de una persona a otra.

La información original sobre esta investigación fue publicada por Clarín. Sus resultados sirven para abrir una conversación sobre una posible aplicación adicional de los fármacos que actúan sobre el GLP-1, pero deben leerse junto con la metodología de cada estudio y con las advertencias de los especialistas.

En la práctica, quien tenga dificultades para controlar el consumo de alcohol, tabaco o apuestas debería buscar ayuda profesional aunque también esté tomando semaglutida por diabetes o control del peso. Reducir el impulso puede ser un avance, pero el objetivo de una atención completa es recuperar bienestar, prevenir daños y trabajar sobre las razones que mantienen la conducta. La evolución de los ensayos clínicos permitirá saber si este efecto puede convertirse en una herramienta terapéutica concreta o si quedará limitado a una asociación inicial.

FAQ

Preguntas frecuentes

¿La semaglutida sirve para tratar el alcoholismo?

Por ahora, no puede considerarse un tratamiento aprobado de manera general para el trastorno por consumo de alcohol. Algunos estudios observaron una reducción del deseo de beber y de la cantidad consumida, pero todavía se necesita más evidencia para confirmar su eficacia, definir qué pacientes podrían beneficiarse y establecer un uso seguro dentro de un tratamiento integral.

¿Puede la semaglutida reemplazar un antidepresivo o un ansiolítico?

No. La semaglutida no está indicada como antidepresivo ni como ansiolítico. Una persona puede sentirse mejor al bajar de peso o controlar ciertos hábitos, pero eso no significa que se haya tratado la causa de una depresión o un trastorno de ansiedad. La medicación psiquiátrica solo debe modificarse con supervisión profesional.

¿Qué conductas compulsivas se investigan junto con la semaglutida?

La investigación analiza principalmente el consumo problemático de alcohol y, en menor medida, posibles efectos sobre el tabaquismo, las apuestas y otros comportamientos asociados con circuitos de recompensa. La evidencia no es igual para todas las conductas, por lo que no corresponde asumir que el medicamento tendrá el mismo efecto en cada caso.

¿Qué debe hacer una persona que quiere controlar una adicción?

Lo recomendable es consultar a un médico clínico, psiquiatra o equipo especializado en consumos problemáticos. El tratamiento puede combinar evaluación médica, psicoterapia, apoyo familiar y estrategias para prevenir recaídas. Si la persona ya usa semaglutida, debe informar ese tratamiento, pero no modificarlo ni utilizarlo con fines distintos de los indicados.

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